LA SOLIDARIDAD LIBERADORA DE CLARET

Publicado Octubre 21, 2019

Por Hno. Sabás Cristóbal García González, cmf
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El compromiso cristiano por la «Justicia, Paz e Integridad de la Creación» (JPIC), no parten, en primer término, de una idea o de un «imperativo» ético, sino de un «encuentro» con el Dios de la vida reflejado en el rostro de muchos hombres y mujeres que han sido frustrados o violentados por sistemas que propician el empobrecimiento, la migración forzada, la destrucción y la mercantilización de los bienes naturales.

En otros casos, hay personas que han asumido responsablemente la opción por «otro mundo posible» desde la «indignación» ante la realidad injusta. Tanto el primer caso como el segundo son totalmente válidos y necesarios para abrazar la JPIC como algo esencialmente humano y cristiano. 

Esta preocupación por la justicia y la caridad no es algo nuevo para la Iglesia, porque diferentes santos o profetas en otras épocas se hicieron cargo, algunos de un modo asistencial, de la miseria de sus hermanos. San Antonio María Claret no es la excepción. Si algo identifica a Claret no es únicamente su entusiasmo por predicar la Palabra a tiempo y a destiempo, sino su preocupación para que la Palabra proclamada fuese acompañada del testimonio caritativo. En él se puede percibir que, antes que fuese un «deber» amar y socorrer al prójimo en sus necesidades, vivió esta dimensión solidaria como una actitud que brota del mismo corazón humano. Así lo podemos constatar desde su primera infancia, él mismo se define como un ser «de corazón tan tierno y compasivo que no puede ver una desgracia, una miseria que no la socorra» (Autobiografía 10), hasta al punto de preferir quitarse el pan de la boca para dárselo a los necesitados.  

Una vez que asume el arzobispado de Santiago de Cuba tampoco perderá de vista esta parte esencial en su misión evangelizadora. Al contrario, desarrolla una genuina creatividad para servir mejor a los menesterosos y llegará a decir: «Con la ayuda del Señor cuidé de los pobres» (Autobiografía 562). A ellos les dedica tiempo, atención y sustento. Entre el pueblo y Claret se produce un lazo de comunión: él les ofrece su compasión solidaria y ellos descargan en él sus desdichas.

Al analizar las acciones sociales de Claret en el periodo como arzobispo de Cuba (1851-1857) se puede percibir su sensibilidad hacia los problemas colectivos y sus esfuerzos sinceros para erradicarlos. No hay que perder de vista que el quehacer humanitario de Claret y su compasión desinteresada por los excluidos, a quienes continuamente les ofreció su ayuda tienen como objetivo modificar aquellas situaciones injustas. Todas sus iniciativas altruistas tanto en Cuba, como en Madrid dejan constancia de su cercanía a los pobres y durante su exilio en Paris, su predilección por los migrantes.

Detrás de cada proyecto de beneficencia social de Claret hay un fuerte dinamismo espiritual que lo impulsaba a unir la fe y la vida. Esta motivación no es otra que aquel lema que él eligió al inicio de su episcopado: Caritas Christi urget nos «la caridad de cristo nos urge» (2Cor 5,15). Claret no es sólo predicador de la Palabra sino «apóstol de la caridad» y con su intervención liberó a algunos del yugo de los explotadores. Basta enumerar una serie de acciones, por ejemplo: la creación de Escuelas-Granja para los niños abandonados; la puesta en marcha de las Cajas de Ahorro parroquiales para activar una economía solidaria que beneficiara directamente a los excluidos; la promoción de la justa distribución de la tierra en favor de los campesinos explotados y desde su condición de pastor exhortó —aún con riesgos de ser expulsado de la Isla— a los amos para que se esmeraran en elevar la calidad de vida de sus esclavos, tal como lo exigía la caridad cristiana. Y para dar mayor talante profético a su labor misionera se mostró como un pastor sencillo y pobre.

Sus iniciativas caritativas, pese a las limitaciones contextuales, constituyen para cada creyente una fuerte estimulación para sentir como nuestros los grandes avatares y sueños de los pueblos, porque para los seguidores de Jesús ninguna miseria humana le es indiferente. En la biografía íntegra del arzobispo misionero se puede percibir que fue un pastor lleno de Dios y de los pobres. En definitiva, Claret, al igual que tantos defensores de la vida digna, pone de manifiesto que la preocupación por el cuidado de la naturaleza, la justicia con los pobres, el compromiso con la sociedad y la paz interior son inseparables (Cfr. Laudato si’ 10). En él tenemos un modelo genuino de cómo vincular de manera creativa los valores del reino de Dios con tantas situaciones en las que se agreden los derechos de los más vulnerables.

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